El renacer de un sueño

Cuando di con el que sería el proyecto de mi vida supe que, pasara lo que pasara, seguiría teniendo el mismo objetivo. Hasta el final. Sin embargo, la llama de la ilusión se apagó con el tiempo. Me desgasté. No estaba preparado para aguantar tanta presión. Pero eso ha cambiado. Ahora no solo he recuperado aquella energía que me impulsaba a hacer lo que hago, sino que he adquirido una resiliencia imbatible. Retomaré mi sueño original con más determinación que nunca.

Cómo empezó todo

Tenía 18 años. Era principios de 2014, en un parque de Madrid. Fui con mi en aquel entonces pareja, para explicarle ilusionado qué era Mekadimo, el proyecto que acababa de idear, mientras ella me hacía fotos para inmortalizar el momento. Un año antes prometimos que cambiaríamos el mundo juntos. Fue una declaración más retórica que otra cosa, pero yo, en el fondo, realmente quería hacerlo. Con el tiempo me lo tomé cada vez más en serio, hasta que me obsesioné.

Pasé una larga temporada estudiando e investigando, dedicando la mayor parte del tiempo a reflexionar e imaginar. Llegó hasta tal punto, que me deshice de las pocas relaciones que tenía y durante un mes estuve aislado trabajando sin descanso. De todo lo que me rondaba la cabeza, destacó especialmente la Semántica General de Korzybski, concretamente su concepción del lenguaje. No fue hasta años más tarde que leí su obra, pero conocer sus fundamentos me bastó para desatar mi imaginación.

La clave, la chispa que hizo que mi mente se iluminara, fue comprender que para alcanzar una “sociedad científica” no bastaba con automatizar la toma de decisiones mediante un sistema centralizado de datos, sino que había que combinarlo con un idioma completamente nuevo que se correspondiera en estructura tanto con ese sistema como con la propia realidad. Solo así se podía rediseñar la cultura de forma efectiva para cambiar el mundo. Estaba muy motivado, muy contento. Aquel día, en ese parque, todas mis ideas se cristalizaron en un proyecto. Lo recuerdo como uno de los momentos más felices de mi vida.

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Yo el día que nació el Proyecto Mekadimo.

Hace pocas semanas terminé de leer la biografía de Nikola Tesla (Tesla, de W. Bernard Carlson), uno de los grandes inventores de la historia, y me sorprendí al ver algunas cosas que tenemos en común. La que más me llamó la atención es la intensa imaginación, a veces descontrolada, que ambos hemos tenido desde niños. Él aprendió a orientarla hacia la ingeniería, a “utilizarla” para hacer inventos. Experimentaba muy poco en comparación con otros inventores, porque con saber los fundamentos era suficiente para que su imaginación hiciera la mayor parte del trabajo.

Conocer la experiencia de Tesla me inspiró. Me ha permitido entender mejor cómo funciono por dentro y utilizar de forma mucho más eficiente mi imaginación hiperactiva. Lógicamente, imaginar Mekadimo y todas las fases de la estrategia no implica necesariamente que lo vaya a conseguir, pero aquel día en Madrid visualicé nítidamente un futuro por el que merecía la pena luchar.

Nada más volver a Cuenca me puse manos a la obra. Redacté documentos y documentos sin parar, ideé las nociones de cómo debían ser los símbolos, investigué y estudié todo lo que pude sobre idiomas artificiales y bases de datos que me sirvieran o me inspiraran, experimenté sin descanso probando modelos de la gramática del nuevo idioma y del sistema centralizado de datos… En poco tiempo llegué a unas conclusiones clave.

Estaba absolutamente convencido de una serie de aspectos cruciales. En cuanto al sistema centralizado de datos, ninguna base de datos existente iba a proporcionarme las características que necesitaba, por lo que debía programarla completamente desde cero; y no solo eso: tenía que ser en Haskell, un lenguaje funcional puro. En cuanto al idioma, tenía claro que debía ser 100% regular y hacer uso de un sistema de terminaciones que definieran la estructura matemáticamente.

El problema fue que, si bien en la actualidad sé que esa primera hipótesis de desarrollo, ese “Mekadimo original”, era completamente acertado, no tenía la resistencia necesaria como para soportar todo lo que vendría al intentar desarrollarlo. El sentimiento de soledad y la frustración crecieron con el paso de los años. Cada vez mi trabajo se complicaba más y me distanciaba de las pocas personas que formaban mi círculo social. Eso, junto a problemas con mi pareja, y sumado a la presión por querer terminar “cuanto antes” al haber abandonado los estudios, me hizo polvo.

Desgaste y desilusión

Tenía prisa de alcanzar la independencia económica, pero me negaba a trabajar de programador freelance (única opción realista habiendo dejado los estudios), porque eso implicaba dedicar mucho menos tiempo al desarrollo de mi proyecto. Por otra parte, mi pareja se empeñó en estar conmigo sea como sea, queriendo trabajar en Mekadimo, por lo que me vi obligado a adaptarme a ella, para finalmente crear a la larga una dependencia tóxica que me hizo mucho daño.

No quise creer que mis primeras conclusiones eran correctas. Me faltaba mucha experiencia. ¿Cómo iba yo a saber qué tecnologías necesitaba mi sistema y si era posible crear un idioma que se saltara la estructura sujeto-predicado? Tal vez estaba complicándome la vida innecesariamente, así que opté por enfocar el problema como lo haría cualquier programador experimentado: posponer la “loca” idea del idioma artificial indefinidamente e intentar hacer el sistema centralizado de datos con una tecnología ya existente.

Intenté tomármelo con calma. Era consciente de que antes de lanzar mi proyecto necesitaba consolidar una identidad, “un yo” que por desgracia no tenía, debido a las malas experiencias que viví en la infancia y la adolescencia. Me consideraba a mí mismo como una herramienta para transformar el mundo, no una persona. Siendo consciente de que tenía que cambiar y corregir eso, hice lo que pude para “construir un yo” mientras trabajaba pacientemente en Mekadimo.

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Un día decidí llevar sombrero como elemento distintivo de mi identidad.

Adoptar esa postura de “programador pragmático” me permitía, aparentemente, facilitar el desarrollo del sistema a la vez que hacía que trabajar en Mekadimo fuera más accesible para mi pareja. Sin embargo, por más que lo intenté, resultó ser un rotundo fracaso. La base de datos que más lejos me permitió llegar fue PostgreSQL, pero siempre terminé alcanzando límites técnicos que requerían replantear ciertos aspectos del diseño, complicando el desarrollo más que la hipótesis original.

Hiciera lo que hiciera, era incapaz de hacer que mi pareja aprendiera a programar o entendiera Mekadimo en profundidad. Dedicado única y exclusivamente a ella, redacté muchos documentos, dediqué horas y horas de conversaciones, e incluso comencé a escribir un libro para aprender a programar en Haskell desde cero (hice 150 páginas y, viendo el poco efecto que tuvo en ella, lo dejé a finales de 2014; de todas formas, recientemente he decidido retomarlo cuando encuentre un hueco).

El desgaste y la desilusión crecían día tras día. La doble frustración que suponía, por un lado, no alcanzar mis objetivos en los plazos que quería, y por otro, no conseguir ayudar a mi pareja para que pudiera trabajar conmigo, me agotó. Poco a poco fueron resurgiendo problemas arrastrados desde la infancia, como la soledad o la baja autoestima. Reteniendo por dentro todo un huracán de autocríticas destructivas, por pura inercia seguí probando posibilidades, aunque sabía (como se fue comprobando) que ninguna iba a dar los resultados que esperaba.

Mi pareja siguió empeñada en trabajar conmigo, principalmente para que no volviera a aislarme trabajando. Ese empeño produjo crisis de pareja cíclicas, en las que tras intentar cortar la relación, yo terminaba volviendo, las primeras veces por su insistencia y las últimas veces por la mía. Todo terminó el día que se cansó y decidió no volver a verme nunca más. Aunque la fuerte dependencia que desarrollé hizo que fuera un golpe muy duro, y estallaron todos mis problemas internos, fue necesario para poder abordar sin ningún límite la gran tarea que tenía pendiente: construir un yo.

Por más que intenté retomar Mekadimo, estaba tan desgastado que los resultados eran nefastos o inexistentes. Me di cuenta de que no estaba preparado para aguantar la presión que suponía un proyecto tan ambicioso. Careciendo de autoestima, difícilmente iba a poder sacarlo adelante. Comprendí que el proyecto no solo era Mekadimo, sino también yo. Era necesario “construirme” antes de emprender ningún viaje.

Renacimiento

La principal lección que aprendí fue que para operar en un mundo corrupto es necesario corromperse. Adaptarme no significa dejar de ser quien soy, sino saber moverme en el entorno en el que me encuentro, no en el que me gustaría estar. De nada sirven las quejas y las lamentaciones. Acepto las reglas del juego. Pasé de un pragmatismo idealista a un pragmatismo realista. Después de años impugnando la totalidad del sistema, retomar los estudios y restablecer la actividad social hizo que viera las cosas con otros ojos.

En poco tiempo entendí por qué necesitaba corromperme. Mi error fue pretender ser una especie de héroe, de personalidad pura y sin contradicciones. Pero los héroes existen para defender el pasado o el presente. Son personas que, en última instancia, luchan para preservar el sistema. En mi caso, yo vivo en un sistema social que no solo no acepto, sino que quiero cambiar. Por eso no soy un héroe. Soy un antihéroe. Y asumirlo como tal me aporta una tremenda resiliencia.

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Adopté un estilo agresivo y provocador que combinara elegancia y radicalidad.

Hace un año, viendo que ya estaba en condiciones de retomar el trabajo, preparé un Mekadimo “moderado” con un prototipo del sistema centralizado de datos y del idioma. El resultado fue decepcionante. Había interiorizado tanto las últimas hipótesis, las de usar tecnología ya existente y no confiar tanto en mí mismo, que no vi lo que fallaba. Además, teniendo en cuenta que no me tomé ningún descanso, no pude recuperarme del desgaste físico acumulado durante años, y fui empeorando.

Hace un mes experimenté cómo el exceso de trabajo hizo que el desgaste llegara a niveles insostenibles. Me prometí descansar, prohibiéndome trabajar hasta estar 100% recuperado físicamente, y vaya si se notaron los resultados. Volví a sentir esa frescura, esa energía inagotable que me impulsaba a hacer cosas increíbles. En cuanto reanudé el desarrollo de Mekadimo lo supe. Lo sentí. No estaba equivocado. Cuatro años de experiencia me han enseñado que aquella primera hipótesis, la más radical, la más creativa, estaba en lo cierto. Con lo bien que estoy ahora, a mi imaginación se le ocurren muchas formas de llevarla a cabo. Solo tengo que ponerlas en práctica.

He decidido volver a la hipótesis inicial. Al Mekadimo original. Al proyecto que hacía que me brillaran los ojos. Al sueño por el que estaba dispuesto a luchar. Hace cuatro años no pude hacerlo. Pero ahora estoy preparado. Haré el sistema centralizado de datos desde cero y en Haskell. Haré un idioma matemático 100% regular que reconfigure nuestro pensamiento y nuestra forma de comunicarnos. Intentaré tenerlo todo listo para junio, pero si no lo consigo, no pasa nada. Tardaré lo que tenga que tardar.

¿Dónde ha estado durante todo este tiempo ese Lajto radical y creativo que iba a hacer posible lo imposible? No se fue a ningún sitio. Siempre estuvo aquí. Pero sin una construcción sólida, incluso sin cimientos, era inevitable que todo se derrumbara. Eso ya no es así. He cambiado. Soy diferente, pero en esencia, sigo siendo yo. Y ahora estoy listo. Listo para emprender el viaje original, el auténtico. Que se prepare el mundo. Porque Lajto ha vuelto.

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Lajto

Director of Mekadimo.