Las decisiones y la exigencia

Siempre he sido muy exigente conmigo mismo, y está bien serlo. El problema es que esa exigencia me ha llevado al límite en varias ocasiones. Recientemente he experimentado un dolor de cabeza horrible por haber estado meses seguidos explotándome al máximo. No hago todo lo que me gustaría, y eso me frustra. Ayer, deprimido, saqué el tablero de ajedrez y reflexioné mientras jugaba. En este artículo comparto mis conclusiones.

Tomar la mejor decisión

La perfección no existe, porque siempre se nos escaparán detalles que de conocerlos nos permitirían mejorar todavía más. Eso es lo que hace la realidad tan interesante, que el camino no tiene final. Sin embargo, a partir de las variables conocidas podemos calcular la mejor opción, siempre dentro de ese marco incompleto y con un margen de error.

En Matemáticas, aunque una gráfica tiene infinitos puntos, podemos calcular el punto donde el valor que nos interesa es máximo (o mínimo). Uno conceptualiza el problema y, teniendo en cuenta que no es perfecto y que se trata de una abstracción imprecisa, lo optimiza de forma que los resultados sean máximos. Es eso lo que siempre he pretendido, en ningún caso la perfección. Pero no he sabido hacerlo bien.

Todo tiene un límite. Nuestros músculos lo tienen, y nuestro cerebro también. El asunto es que hay varias formas de hacer las cosas. Para aprender, por ejemplo, se puede invertir mucho tiempo y esfuerzo en memorizar las cosas, o se puede aprender con ayuda de algún tipo de refuerzo, no digamos ya si hay interés y curiosidad de por medio. Lo segundo es muchísimo más eficiente que lo primero.

Buscando la eficiencia he probado de todo. He experimentado durante años alterando mis patrones de sueño, mi horario, la variedad de mis actividades, la intensidad de las mismas, mi alimentación, la cantidad de ejercicio… Quiero la máxima eficiencia. Y en busca de la misma, bueno, he estado cerca de romperme. Necesito más prudencia y paciencia, pero para ello necesito un modelo en el que fijarme.

¿Existe algo mucho más simple que la vida, que cuente con pocas variables y que además haga extraordinariamente difícil tomar decisiones? Sí. El ajedrez. Hay más combinaciones posibles que número de átomos en el universo observable. Si aplico al ajedrez lo que yo he estado haciendo, perdería por imprudente o se agotaría el tiempo por la indecisión permanente de querer hacer la mejor jugada.

Con todas esas combinaciones, ¿cómo hacemos los humanos para jugar? No podemos imaginar movimiento a movimiento todas las trillones de variantes. El cálculo bruto no es una opción. Y decir que lo hacemos por intuición no nos dice nada. Lo que ocurre es que nuestro oponente tampoco es perfecto, y eso abre la puerta a que haya no una, sino muchas formas de ganar, muchas formas de perder y muchar formas de empatar.

Puedo conseguir mis objetivos de varias formas. Solo tengo que decantarme por la que considere, ser prudente, ser paciente, no rendirme y seguir hacia adelante. Los grandes maestros de ajedrez se fijan solo en dos o tres jugadas, exploran las consecuencias de las mismas y finalmente eligen, sea o no la mejor. Por eso, aunque no sea “la mejor opción”, he de decantarme por un ritmo, una cantidad y un contenido en mi día a día que pueda asumir y que no me cause problemas. Prudencia, paciencia y, sobre todo, serenidad.

Analogías extraídas del ajedrez

Para terminar el artículo, a modo de esquema, sintetizo las principales analogías que establezco entre la vida y el ajedrez, siempre dentro del contexto del exceso de trabajo. Disponer de un “mapa” general que seguir en las situaciones difíciles no viene mal.

  • El pasado no puede cambiarse, pero el futuro está por construir. Las jugadas ya realizadas no pueden deshacerse. No obstante, por mala que sea la posición de las piezas, hay muchas combinaciones posibles, y unas son mejores que otras. No tengo que arrepentirme de mis decisiones pasadas; he de utilizarlas para avanzar y, de darse el caso, llegar a sitios que de otra forma no podría llegar.
  • El peor plan es no tener plan. La peor jugada es la que no se realiza, porque pierdes cuando el contador de tu tiempo llega a cero. A veces la improvisación y la espontaneidad funcionan, pero arriesgarse tanto y dejarlo en manos del desarrollo de acontecimientos ajenos a uno mismo no es buena idea.
  • Hay muchas formas de conseguir el mismo objetivo. El contrincante no es perfecto y jugará como pueda. Hay varias estrategias con las que se puede ganar. Como es imposible calcular la mejor, lo óptimo es decantarse por aquella que sea más reforzante, ya que proporcionará la motivación suficiente como para manejar la situación con habilidad.
  • Hay que concentrarse y disfrutar el momento. De nada sirve imaginar posiciones deseables que no van a suceder, al igual que pensar en ganar cuando la partida no ha terminado. Disfrutar el presente, la posición actual, usarlo como refuerzo y jugar con entusiasmo, es precisamente lo que llevará a un desenlace mucho mejor que si se presta atención solo a lo que se quiere. No es que el destino no importe, sino que si no miras el camino por donde andas puedes tropezarte.
  • No hay que confundir la realidad ni con los deseos ni con los miedos. Se trata de jugar, no de ganar o perder. Lo que sea que ocurra, ocurre. Lo que sea que pienses o imagines, no ocurre. Eso no significa que el objetivo no sea importante, pero sí que recrearte en algo hipotético es perder el tiempo.
  • Serenidad. El movimiento de mis piezas dependerá siempre del que haga el contrincante. Si no conozco la jugada del enemigo, ¿cómo voy a decidir la mía? Tengo que ser paciente y centrar mi atención en desarrollar las piezas. Cuando se dé la situación propicia, solo entonces, y con prudencia, tocará atacar.

Sé que la redacción del artículo es un poco arbitraria, pero me apetecía escribir esto en algún sitio. Me he estado esforzando tanto que muchas cosas que antes disfrutaba ahora se me hacen pesadas… Pero eso va a cambiar. He mejorado muchísimo en todo. Solo debo ser más paciente y desacelerar un poco el ritmo, además de cambiar la forma de hacer algunas cosas. Seguiré creciendo, pero sin tropezar tanto.

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Lajto

Director of Mekadimo.